Caminaba con la cabeza gacha, la espalda encorvada, pausadamente, como si contara los pasos o estuviese mirando donde poner el pie antes de avanzar. Cabello enmarañado, entre blanco y amarillo. Las manos a la espalda entrelazadas. Pantalones de mezclilla desteñida, chomba celeste. Piel morena y curtida por el paso de los años. Extrañamente afeitado.
Ciertamente era conocido por todos, aunque a nadie le llamaba la atención. No le era necesario pedir permiso para pasar entre las personas, ni mirar a ambos lados al cruzar la calle. Caminaba, solo caminaba, absorto e indiferente.
Cierto día, en la plaza del pueblo se detuvo, irguió su cuerpo, levantó la cabeza y empezó a observar. Miró todo a su alrededor. Las calles, los vehículos, las personas, los arboles, plantas y flores, las casas y edificios. Recordó. Frunció el ceño. Hizo una mueca. Movió la cabeza de lado a lado. Agacho la cabeza, encorvo su cuerpo y siguió caminando, absorto e indiferente.
En algún momento desapareció.
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