viernes, 14 de octubre de 2011

Soledad

No se había dado cuenta del tiempo transcurrido desde que llegó. Solo en el cementerio, inmóvil, miraba fijamente el nicho.

Ayer vio una fotografía donde estaba ella. Un sentimiento extraño afloró en su cuerpo. No pudo estar presente en su entierro.

Trataba de comunicarse con ella, sus pensamientos se dirigían a ella preguntándole el por qué. Era él quien debía estar allí. Ella cambió su vida por la de él, al menos eso creía. Él estuvo a un paso de la muerte, pero renació.

Sintió frio. Se sintió desvanecer. Alguien lo sujetó mientras caía.

“No te preocupes más, ya estamos juntos”.

Ni la tumba, ni la cruz

Llegamos a la oficina de informaciones del cementerio general. Buscábamos la hermana de mi señora. Mis suegros la enterraron allí después que murió de bronconeumonía, cuando aún era bebe. No sabíamos el año. Nos facilitaron unos enormes libros escritos a mano. Empezamos a leer. Pasaron más de dos horas, dimos con ella. Numero del nicho y la sección. Preguntamos donde quedaba. Nos dijeron que esa sección se derrumbo y que los restos fueron traspasados al patio “x”. No dimos con ella. Me pregunte ¿por qué nunca fueron a verla?

Después de todo nada queda. Ni la tumba, ni la cruz.

El arriero

Llovía torrencialmente. Juan, viejo arriero, se calentaba al fogón improvisado, bajo unas rocas al pie de los acantilados del macizo cordillerano. Debía moverse de ahí pronto, sabía que con esa cantidad de agua en cualquier momento podía producirse un derrumbe. Ya estaba oscuro cuando empezó a cabalgar. Llegó a una planicie existente entre las montañas. Había pasado por ahí muchas veces. Esta vez se veía diferente. Muchas historias se contaban del lugar. Se decía que vivió un pueblo mapuche. Que un día desaparecieron. Que sus espíritus vagaban por ahí. Nunca vio nada. Su caballo apareció una semana después del temporal.

Día de los enamorados

Venía de dejar en su casa a mi novia. Cuando delante de mi auto una mujer. Tuve que maniobrar para hacerle el quite y no atropellarle, aun así la alcancé a topar tirándola al suelo. Bajé de mi auto y corrí hacia ella. Estaba llorando y miraba al infinito. Le pregunté cómo se encontraba. Miré mi auto y estaba destrozado. Me acerqué y me vi al volante, con la cabeza rota y sangrando. Grité desesperado, no podía créelo. Hoy vivo en la sección siete del cementerio, nicho 1402, mi vecina es la mujer que se me atravesó esa noche.

Cerro de la Cruz

Fue alrededor de 1850, – dijo mi abuelo, haciendo una pausa – mi bisabuelo, peón de fundo, y mi bisabuela estaban esperado la llegada de lo que fue su último hijo. Nació en invierno. Ese invierno fue uno de los peores. Su hijo no aguanto el clima y murió a los tres meses, no alcanzaron a bautizarlo. En aquellos días sólo existían cementerios católicos o parroquiales, y en ellos sólo se enterraba a católicos bautizados, a los demás, ni misa se les hacía. Aquí fue enterrado. Por mucho tiempo hubo una cruz señalando la sepultura, hoy solo queda esta historia que te cuento.

Cementerio

Cuando era niño vivía en el campo. Un día, cuando tenía como 8 años, fuimos con mi primo al cerro a dejar unos animales de mi tía. Cuando veníamos bajando se nos obscureció. De ida como de vuelta debíamos pasar al lado del cementerio del pueblo. Cerca había una casa. Pasemos – dijo mi primo. Pasemos – dije yo. Había dos viejitos conversando. Nos invitaron a pasar. Nos dieron té con tortilla de rescoldo. Al rato nos fuimos. Uno de ellos nos acompaño. Al llegar al cementerio dijo: Aquí me quedo. Entro al cementerio y desapareció. Corrimos a la casa a todo dar.

Aquí reposan

Era un cementerio como cualquier cementerio. Nichos, tumbas y mausoleos. Olor a flores y muerte. Frio y lúgubre. Detrás de la comitiva voy yo. Para mí son todos iguales, los del campo y la ciudad, grandes y chicos. El nicho más antiguo que vi era del 1890. Llegamos. Llantos y discursos, despedidas y recuerdos. Los panteoneros comenzaron a echar tierra sobre el féretro. Seguí mirando mientras caminaba. El silencio se hizo más intenso. La maleza crecía por todos lados. Nadie alrededor. Buscaba fechas. “07 de diciembre de 1844”. “Aquí reposan…” faltaba un pedazo. Me fui a despedir de los deudos.